lunes, 20 de julio de 2009

Ficción del agua


Te perdiste la tormenta, cosa de nada. El viento pasando a través de las cosas, el agua golpeando la entraña, las ventanas. Los perros guareciéndose en las entradas de las casas, y en las hojas de las plantas azotadas, la vida prometida. No es este el cielo que antes se cerró como un ojo sobre la oscuridad que nos desdibujó en el vértigo, pero el eco de su sombra vibra igual en la apertura de mi sexo, cimbra igual la carne de mis piernas. No somos aquí, ahora, es cierto, pero hay una grieta en el aire que musita la sangre de aquellos días, un pulsar único tras el derrumbe del agua. Yo siento aquí la lluvia de hace tanto: solitaria, anónima, disimulada, tan inesperada como entonces, tan mansamente deseada, y mis ojos van tras los ríos que encuentran su sosiego en la tierra sólo para ir a dar al mar.

sábado, 4 de julio de 2009

El hambre



Cenando las sobras de la cena de un día antes recordó a la oruga de la tarde, la tarde de ese mismo día en que cenaba sobras y que ya había pasado a emparedarse con las otras tardes viejas y rancias que no iban a ninguna parte que no fuera a su absurdo acumulamiento. En su memoria, la diminuta oruga aún mordía con ferocidad aquella hoja de yerbabuena.
Miró con atención distraída la rebanada de pan que sostenía en la mano derecha y la marca que sus dientes habían dejado en ella: era una marca similar a aquellas marcas pequeñísimas que la oruga había dejado en la hoja, pero le pareció que su marca escondía en algún surco un tedio que la mordida de la oruga no tenía. La manecita de una alegría infantil agitó con suavidad las aguas quietas de su entendimiento: estaba aburrida, tal era su descubrimiento. Su mordida carecía por completo de la ferocidad de la de la oruga, pues su interés por la supervivencia había abandonado ya los terrenos del instinto y se aventuraba ahora más allá de los linderos de lo atávico, hacia una multitud de nubes grises (nunca las mismas) que sus ojos rasgarían con indiferencia, sus ojos como dientes, sus ojos como un hambre devorada, sus ojos que se deslizaban con lisura y sin tropiezos por todo aquello a lo que aborrecía. Esta mordida suya metafísica, con ojos y con dientes y con ignorancia, le pareció entonces un tesoro y se arrobó en sí, complacida. Pero poco duró su extraño sosiego, pues le pareció que tal placidez era próxima a la paz que experimentaba cualquier animal que recién había comido ante la fugaz ausencia del motor de toda acción. Recogió la mesa, tiró las migajas del plato a la basura y se fue a dormir para despertar a otro día más.

lunes, 22 de junio de 2009

La galería de las magnolias (o bosquejo al preoriginal del anósmico)




Comenzó a gestarse no sé de qué manera apocalíptica, el final y la promesa, definiéndose, difuminándose en cada pétalo, colosal en su blancura, sobre mi cabeza... y yo comencé a andar cabizbaja y en desorden, segando diminutas chispas que asomaban sus manecitas fugaces y revoltosas desde el asfalto. Se desvanece en mí y me trepa como la espuma, es incapaz de percibir olor y odia los cuadritos mimetistas populares que la gente suele colgar en los negocios (en las fondas y papelerías con mayor frecuencia, (según le indica la experiencia de su observación); se disocia (y de qué manera) en él y en yo (y entre paréntesis) y en el frío que le tiembla a veces en las manos; cuando le sobra el ocio mantiene algo que parece tomar forma de diálogo conmigo, y se diluyen en mí dos o tres alegrías leves que vibran por debajo de mi piel y mis ojos se tornan cristalinos; sabe de sus lecturas, de lo que pasa en ellas cuando no consigue estar; busca ser invisible para sí y evita ser asido por metáforas que no le son naturales: ninguna metáfora con que intente asirlo le es natural. Pero su caza me es inherente no sé cómo, él seguro que lo sabe, porque huye de mí como si adivinara mi estrategia. Hasta ahora el método más efectivo es estar a la caza de su eco, los olores que no puede percibir y cuyas ausencias atesora con más fiereza, porque si algo defiende como nadie son sus pérdidas, y es entonces que se le puede mirar distendido, casi con sosiego, en esa suerte de abatimiento con que sonríe, mirando una habitación desnuda, sin siquiera una pared encima.

sábado, 6 de junio de 2009

Ficciones accidentadas del centauro vencido

A Felisberto Hernández


Se quedó mirando su mano por largo rato. De pronto se le ocurrió que aquella no era su mano, todas esas líneas unidas unas a otras como la jaula sanguínea de un corazón no coincidían ahora con lo que era su rostro. Hubiera deseado poder sentir el vacío de su mirada, ese lazo invisible entre sus ojos y la mano extraña, así sabría, compraría la certeza de su propia existencia, podría decir “Existo. Mi existir sabe a sal de aceituna, a vaso roto”, y ciertamente existir sería un algo más que nombrar y vestir cadáveres y mirar en los aparadores la vida de los otros, más que prenderle fuego a la memoria con estelas de magnolias para adivinar que el futuro está muerto. Más que una cortesía gramatical, por favor. Pensó y no pronunció palabra, sus ojos ¿eran sus ojos? Saber lo que se es sin saber quién se es, los juegos florales de la conciencia, esa carnicería, ese devorar lento de hormigas que crepitan. Sus ojos unidos a su mano por ese desierto, él quisiera, él desearía hondamente hacer hablar a ese hueco por sí mismo... Pero nada, las certezas se fatigan y caen a plomo como estrellas fracturadas, ya no se les ve más brillar de oscuridad la sonrisa felina, pero al fin que nada es mentira no habiendo cosa cierta. Se quedó mirando la mano acercándose al rostro, la mano que hundía los dedos en las cuencas de los ojos que no miraron más. Tanta existencia le pareció más bien un deceso. Recuerda, y la memoria es ahora ese clavo en la pared en el que nadie cuelga nada.

jueves, 4 de junio de 2009

No aquí, no ahora.

No aquí. No ahora. Tal vez un luego con vocación de arena sabrá vaciar la polifonía del mar sobre nuestras manos hermanas. Entretanto serán las nubes vertiendo en nuestra espina el eco de las anémonas, su luz afilada, su sesgo extraviado e impío. Entretanto será sólo la palidez del agua y sus palpitaciones.

martes, 28 de abril de 2009

This sandbox must be on Earth. The bottom from wich I come from is quite on the surface of emptiness. I play here and music flows through. I'm not there, I construct symbols. What else could a foam being do?

sábado, 18 de abril de 2009

Rain

Inside of a stone there's tenderness and little sparkles of light. But everybody can know this. That's why it stays in silence, breathing to its inside the smell of the wet ground.
Lo que nunca se dormía del todo, era una cierta idea de magnolias. Aunque los árboles donde ellas vivían hubieran quedado en el camino, ellas estaban cerca, escondidas detrás de los ojos.

F.H.