miércoles, 28 de enero de 2009

Voy a arrastrarme hasta el vertedero de mis deseos. Olvidados, saciados, amaestrados y contenidos, deben arder en deseos de trepar mi rostro y tejerse encima en una telaraña. Voy a darles lo que quieren, voy a dejarlos buscar inquietos su sosiego en la palma de mi mano.

Hombre con cordero

El hombre de las ovejas abraza un corderito. Lo eleva hasta su cara y hunde la nariz en su lana, aspira. Los murmullos de la hierba que estallan en su cerebro son las mismas patas hundidas en la hierba del corderito que se agita entre sus brazos, pero de estos murmullos escurre un tiempo sincopado que vibra paralelamente a destiempo con el tiempo de su corazón. Su espera debe ser más dulce que la de los vecinos que lo miran asombrados a traves del cristal.

sábado, 24 de enero de 2009

Breves notas a

Sigo respirando aquí, adolorida de tanto desear ser feliz. La frente dura, como sólo puede ser duro el hueso, contra el muro vencido de existencia, como sólo puede vencerse un muro en la inercia de saberse siempre en pie. Ya antes he hablado de ese que desde antes caminó hasta mí y encendió mis huesos y bebió con sus dedos de mis dedos "¿Qué haces allí, arrodillado en mis huesos?" le he preguntado tantas veces, y su respuesta es siempre el mismo crujir de párpados. No parece bastarme la pequeña alegría de la grava, por eso estoy inquieta en mí, eferveciendo mi boca sobre mi boca, como todas las cosas que no pueden renunciar al mar. No hay apologías de la sal que se acerquen tanto, fielmente, a su renuncia de unicornio a la podredumbre.

Hay una leve saciedad que flota sobre la tristeza de los vencidos y que es más raíz que la victoria de quienes quieren todo. Es la saciedad de tanto saber el olvido que los parte desde el centro, desde el ombligo.

martes, 30 de diciembre de 2008

De vuelta a la imagen del cansancio...

De vuelta a la imagen del cansancio del animal liberado, desentumo los omoplatos con movimientos circulares, no hay manera de saber cuál fue el movimiento que me liberó. Sé del polvo que reposa frío en mi cabello y del sigilo con que efervece mi sangre de otra noche en esta sangre que ahora me habita. ¿Qué movimiento en medio de la histeria me habrá liberado entonces? Tal vez un aislamiento y un deseo de continuidad que sólo logro comprender durante la caída. Pero la libertad conseguida dura apenas lo que dura el cansancio de conseguirla, y a su fin llega de nuevo la histeria venida de ignorar el movimiento único y clave que habrá de liberarme de lo que no conozco y  me sofoca. La búsqueda intermitente de lo que no existe todavía, y no se sabe si habrá de existir. La espera, la efervescencia propia y ajena, el cansancio siempre.

lunes, 20 de octubre de 2008

De tarde

Lloré de soberbia hasta que todo se me deshizo en los puños. Pero sé que todo vuelve a crecer en los otros al día siguiente. Cierro los párpados y las palabras caen de las repisas. Tiemblo y camino irremediablemente tras la zanahoria. Mi desnudez es una trampa de luz, un reflejo de cielo en la ventana. Mi cuerpo es un errar... no no no ¿qué es mi cuerpo? Mi cuerpo es un batir de palomillas alrededor de una bombilla eléctrica, galerías que recorre un sigilo en llamas. Aún quedan tormentas en las cornisas: mirando con terror el vacío que aguarda su caida, clavan las uñas con ardor y desconsuelo, y yo siento por ellas un escalofrío de escamas. Quiero que me hagas daño. NECESITO que me hagas daño. Necesito saber que aún queda algo que arde además de la muerte.

Avistamientos terrenales

Un hombre abre el hocico para tragar una bala, pero lo que entra en él es una salva de tierra. Se limpia los ojos, se pasa un pañuelo por la cara y se acomoda el clavel en la solapa. Un crujir de posesiones se le agolpa en la mueca de los labios. Está nuevamente listo para la espera.

miércoles, 15 de octubre de 2008

De cómo cada ahora es pasado

Es curioso, pero las entradas que suelo publicar no son textos que pertenezcan a alguien o, reconstruyendo la frase con la intención de acercarme más a la idea, lo que escribo no suele estar explícitamente dirigido a un lector de manera anecdótica. Suelo preferir, es cierto, arrojar palabras que se toman de la mano con cierta brutalidad a veces, con desgarbo y contento otras. Tengo la idea de que una vez expulsado el texto, no me pertenece más y se queda flotando suceptible a la aprehensión de cualquiera, pero sin esperarlo. Un poco como una roca en el camino con la que alguien puede tropezar. Hoy, escribo un texto un poco más puesto en la vereda de manera intencional, sólo por la necesidad repentina de imaginar que hay un otro que espera y recibe lo que le doy sin petición previa. Es un afán absurdo de compartir cosas como si su percepción asegurara su existencia, su ser, su estar, una idea de que sólo es lo que es percibido. Anoche, por ejemplo, fue una noche bellísima que me pareció valía la pena compartir, de otra manera, me quedaba en el paladar un sabor terrible de insignificancia que sencillamente no podía soportar. Así que encendí la grabadora (muy a pesar del miedo que tengo a escuchar mi voz en las grabaciones) y me puse a hablar, torpemente, sobre las imágenes que en ese momento herían mi sensibilidad a un grado que ameritaba un esfuerzo colosal (e infructuoso tal vez, por demás de absurdo) por salvarlas de su caducidad inherente e irremediable. Así, la luz de un espejo no olvidado pasó a una posteridad incierta, acompañada por el gato en la lavadora (encima de ella, echado sobre la tapa, no se vaya a pensar que además de sociópata soy un verdugo de la fauna urbana) y la voz de Jorge Drexler que venía desde la cocina. Casi olvido el detalle de la falta de electricidad consecuencia de mi olvido crónico y degenerativo, olvidé pagar el recibo, como a veces olvido cómo atar mis zapatos, y por favor no digan que es un cliché porque cuando pasa, una se asusta deveras. Una noche así necesitaba dejar su carácter fugaz, y ello me llevó a pensar en que, paradójicamente, la única manera de percibir la fugacidad era hablando de ella, violando su naturaleza, capturándola con artificios de observador con pinzas. Nada tiene que ver la muerte con esta imagen de la que me retracto, dice Enrique Lihn, y en verdad la mayor parte de su uso, las palabras niegan más de lo que pretenden decir, un hablar de lo que es a partir del vacío, la ausencia que poseen, algo a lo que también podría unirse Mallarmé. Pero no todo es el azoro ante lo que nos apabulla y nos saca de nosotros mismos y que no podemos decir; a veces, hablar de las cosas nos hace sentir un poco estar en ellas y palpar nuestros límites en el momento en que éstos se difuminan en lo otro, sentirnos individuos, digamos, un poco más sólidos. Podría hablarse, a riesgo de perder exactitud, de un estar en el mundo a través de poseer fugazmente lo fugaz, y a partir de ello sabernos otros. Me fui a dormir escuchando la grabación de mí hablando para mí, narrando, ordenando, delimitando lo que no puede sino desbordarse, y sintiendo que era otra la que me hablaba y compartía algo que ya era pasado y recuerdo, me quedé recreando la fugacidad a partir de una cinta ajada por el uso repetido, construyendo recuerdo sobre recuerdo, para que la noche no dejara de ser en mí que ya era otra.
Lo que nunca se dormía del todo, era una cierta idea de magnolias. Aunque los árboles donde ellas vivían hubieran quedado en el camino, ellas estaban cerca, escondidas detrás de los ojos.

F.H.